En otro lenguaje
Por. Jaime Asián Domínguez

En la universidad y en las redacciones periodísticas siempre escuché que no se deben tener amigos entre las fuentes de información, incluidos artistas, políticos o figuras públicas, para preservar la imparcialidad, la objetividad y evitar conflictos de interés.
Con Manolo Rojas, esa máxima ética se iba al diablo. Y no por descuido, sino porque el hombre era, sencillamente, un pan de Dios. Respondía siempre con una sonrisa, incluso cuando la pregunta no lo merecía. Era fácil hacerse su amigo porque, además de su gracia inagotable, tenía una empatía que no se aprende, se trae o no se trae.
Hace varios años llegó a mi casa con el colega Martín Carranza. Se mandó un par de chistes, rompió el hielo en segundos y se mezcló entre los invitados como uno más, sin poses, sin distancia, sin ese aire artificial que a veces traen las figuras públicas. No actuaba, era. Era así.
Otra vez, el diario que dirigía en ese momento organizó un sorteo de almuerzos por el Día de la Madre en el Sheraton. Lo llamé para tantearlo: “Hola, Manolo, ¿puedes acompañarme un ratito en esta actividad?”. Dicho y hecho. Llegó. Y no llegó solo. Se trajo a Andrés Hurtado, su mejor amigo. Entre los dos regalaron algo más valioso que cualquier premio: unos minutos de alegría genuina para esas madres. Risas, fotos, abrazos. De los que no se olvidan.
Con él se rompían todos los manuales. Los formatos puristas de la relación periodista-entrevistado quedaban chicos frente a su humanidad.
Podría contar decenas de anécdotas, pero me quedo con la última, la más cercana, la que todavía respira. “Manolo, ven a mi podcast ‘La última de Asián’, por Vemaxtv”. A las cinco en punto estuvo ahí. Puntual para el abrazo fraterno, listo para conversar. Y la entrevista -no es por alabarme- salió chévere. Pero no por mí. Salió chévere porque él era así. Como decía Héctor Lavoe: “es chévere ser grande, pero más grande es ser chévere”.
Y se fue. Se fue con ese sombrerito que apenas disimulaba el trasplante de cabello y con esa humildad que no se puede fingir, porque es patrimonio exclusivo de los grandes. Nació en Huaral, sí. Pero el ‘Brother Pablo’ no tenía una sola tierra porque le pertenecía a todo el Perú.
A veces uno cae en la tentación de ensalzar al muerto, de volverlo perfecto en la memoria. Pero con Manolo no hay exageración posible. Era así. Bueno de verdad. Cercano de verdad. Extraordinario en lo cotidiano, en la calle, en el escenario, en la vida misma.
Estoy seguro de que el tío Rossini ya le hizo un campito en el cielo. Porque, si algo está escrito, es que quien alegra al prójimo tiene la gloria ganada. Hasta la próxima entrevista, amigo del alma.
«Estoy seguro de que el tío Rossini ya le hizo un campito en el cielo. Porque, si algo está escrito, es que quien alegra al prójimo tiene la gloria ganada”.