- Usuaria de la comunidad de kakataibo fortalece su emprendimiento textil con apoyo del programa Juntos del Midis.
Entre el murmullo constante del río San Alejandro y el canto envolvente de las aves, oculta en medio de la selva, se encuentra la comunidad nativa Kakataibo de Sinchi Roca, un lugar donde aún resuenan las voces de las mujeres que tejen historias en cada telar, preservando una herencia que se transmite de generación en generación.
El camino para llegar no es sencillo. Desde Pucallpa, el recorrido inicia por la carretera Federico Basadre durante aproximadamente dos horas hasta San Alejandro. Desde allí, el trayecto continúa por río, en una pequeña embarcación que avanza lentamente, alrededor de cuatro horas, abriéndose paso entre la espesura de la selva.
Al llegar, la comunidad revela su esencia. Casas de madera con techos de calamina, conviven con viviendas tradicionales con estructuras abiertas, techadas con hojas de palma. Tras un breve recorrido acompañado de una fina llovizna, se llega al local artesanal de la comunidad, un espacio lleno de colores y texturas. Allí, las mujeres Kakataibo confeccionan sus piezas utilizando tintes vegetales, dando vida a piezas únicas que guardan el alma de su cultura.
En esta comunidad, Carolina Ruiz Pizango, usuaria del programa Juntos del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, innovó al dar un valor agregado a los telares convirtiéndolos en pantalones, chalecos, bolsos, entre otras piezas que reflejan la riqueza cultural de su pueblo.
«Mi mamá me enseñó a pintar los telares cuando era niña. Ella decía que cada trazo es como una palabra que cuenta nuestra historia”, cuenta Carolina, quien aprendió desde niña el saber ancestral de su comunidad convirtiéndolo en la base de su vocación.
Carolina es usuaria del programa Juntos del Midis desde el año 2022. Gracias al incentivo económico que recibe cada dos meses, pudo invertir en la compra de más materiales, lo que le permitió ampliar y mejorar la producción de su artesanía. «Cuando comencé a ahorrar, mi meta era comprar más materiales. Ahora puedo ofrecer más productos y eso me da esperanza de seguir creciendo», añade.
Su historia se entrelaza también con la de sus hijos: Jhon Oliver, de 11 años; Justin Smith, de 7; y la pequeña Andrea Mirella, de 3. Ellos representan su mayor inspiración y la razón por la que cada día se esfuerza.
En sus tiempos libres, Carolina no solo los acompaña en sus estudios, sino que también les enseña a dibujar y pintar los telares, fortaleciendo su desarrollo personal y sembrando en ellos el valor de su identidad cultural.
La historia de Carolina Ruiz Pizango es también la historia de un pueblo que resiste y se reinventa. Entre hilos teñidos en medio de la abundante vegetación de la selva y sueños que se proyectan hacia el futuro, su esfuerzo demuestra que la tradición puede ser una semilla de esperanza.