En otro lenguaje
Por Jaime Asián Domínguez

Cierto es que tenemos demasiados problemas como para preocuparnos por los misilazos de Estados Unidos e Israel contra Irán, con la muerte del ayatolá Alí Jamenei de por medio. Sin embargo, no es tan ajeno como parece. Las esquirlas de ese conflicto, que ya se ha expandido a otras zonas de Oriente Medio, terminan alcanzándonos por algo que mueve al planeta: el petróleo.
El presidente del Banco Central de Reserva (BCR), Julio Velarde, conocido por ser el ‘gurú’ de la economía peruana, ya lo había advertido en 2025: “El riesgo es que el precio del petróleo suba mucho, si comienza a ser atacado el Estrecho de Ormuz, porque por el Ormuz pasa la mayor parte del petróleo de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Dubái”. Actualmente, el control de sus aguas está en manos de Irán, Emiratos Árabes y Omán. Dicho de manera simple: si ese estrecho se convierte en campo de batalla, el mundo entero pagará la factura en los grifos, en los pasajes, en los alimentos.
La coyuntura peruana, por supuesto, nos duele sobremanera. Ahí está, por ejemplo, el caso de la campeona de buceo libre Lizeth Marzano, atropellada brutalmente por el escurridizo Adrián Villar, símbolo de una impunidad que indigna. O la misma escalada de inseguridad que vivimos a diario, con un abanico de candidatos presidenciales que tampoco ofrece garantías de solución. Pero, aun con todo ese ruido interno penoso, hay que levantar la mirada y mirar este conflicto que podría tocarnos el bolsillo.
Y es aquí donde aparece la paradoja peruana. Entre 2021 y 2025, la economía peruana se consolidó como una de las más sólidas y resilientes de América Latina, destacando por la fortaleza de sus fundamentos macroeconómicos, el dinamismo de la inversión y la prudencia en el manejo fiscal y monetario. Es decir, el Perú increíblemente ha reforzado el casco y la estructura de su barco, pero eso no significa que pueda ignorar la tormenta que se forma en altamar.
Porque el petróleo es el viento invisible que empuja -o frena- nuestra propia embarcación. Puede que las explosiones ocurran a miles de kilómetros, pero su onda expansiva viaja en silencio hasta nuestros mercados, nuestras chambas y nuestras mesas. En un país donde tantas veces el enemigo parece estar dentro, conviene no olvidar que el mundo también decide, sin consultarnos, el precio de nuestra calma.
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“Si ese estrecho se convierte en campo de batalla, el mundo entero pagará la factura en los grifos, en los pasajes, en los alimentos”.