La crisis del gas huele feo

En otro lenguaje

Por: Jaime Asián Domínguez

Qué momento el que estamos viviendo los peruanos: un gobierno parido por el impresentable Congreso en funciones, un presidente de la República que no tiene un solo mérito para haberse sentado en Palacio y una turbia atmósfera electoral en la que basta ver la gigantesca cédula de sufragio para que disminuyan las ganas de ir a votar, más aún considerando la calidad de los candidatos presidenciales que, como sabemos, solo buscan chapar la mamadera.

Y por si todo esto fuera poco, en un claro ejemplo de que la prevención y la seguridad energética no están en la agenda nacional, nos hemos quedado sin Gas Natural Vehicular tras una fuga y posterior deflagración en instalaciones de la Transportadora de Gas del Perú (TGP), en Cusco.

El efecto dominó de esta inoperancia ha sido brutal: 335 mil taxistas penando de un grifo a otro en busca de GNV que no encontrarán, gasolinas que ya superan los 20 soles el galón y viviendas y negocios que empiezan a ponerse en modo pandemia porque nadie sabe cuándo volverá la normalidad. El trabajo remoto y las clases virtuales aumentan ese nerviosismo ciudadano.

Se suele decir que en el Perú tenemos de todo, y es cierto. Pero lo que nos falta es responsabilidad institucional y exigencia operacional. Parece que alguien ha bajado el interruptor y todo el país ha quedado a oscuras. Un país que se respeta no puede mostrar esta fragilidad en algo tan estratégico como el suministro de combustibles, máxime cuando el escenario internacional ya es lo suficientemente incierto: basta recordar que los misilazos de Donald Trump contra Irán han cerrado la compuerta (estrecho de Ormuz) por donde pasa el 20% del petróleo que consume el mundo.

Al final, lo ocurrido no es solo un accidente ni un problema coyuntural; es el síntoma de un país que sigue improvisando en lo esencial. Cuando la política es mediocre, la planificación es inexistente y la supervisión brilla por su ausencia, cualquier falla se convierte en crisis nacional. Y mientras sigamos normalizando esa precariedad, seguiremos descubriendo cada cierto tiempo lo frágil que es el Perú. Y ni hablar de lo inerme que nos mostramos frente a la delincuencia y el crimen organizado.

“Cuando la política es mediocre, la planificación es inexistente y la supervisión brilla por su ausencia, cualquier falla se convierte en crisis nacional”.

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