¿Debates? los de mis tiempos

Lejanos los días en que una frase bien construida o un dato certero bastaban para desarmar al adversario.

  • Por eso no sorprende que aún se evoque, casi como una pieza de museo, aquel discurso de Alan García en la Plaza San Martín.

Más allá de quién salió mejor librado en el primer debate presidencial -dividido en tres tandas y con más ruido que sustancia- lo que queda flotando en el ambiente es una sensación de vacío. Un vacío que golpea especialmente a quienes peinan canas y recuerdan aquellos tiempos en que la política se disputaba también en la palabra, en la plaza pública, en el verbo encendido capaz de mover multitudes. Hoy, con una treintena larga de aspirantes a Palacio y un Congreso bicameral en ciernes, la percepción general es otra: como dirían los jóvenes, no pasa nada.

La oratoria, ese arte que alguna vez fue arma y escudo del político, parece haber sido relegada al desván. Lejanos quedan los días en que una frase bien construida o un dato certero bastaban para desarmar al adversario. En su lugar, asistimos a un espectáculo donde predominan la diatriba fácil, el agravio, el golpe bajo y la lisura como estrategia. No es solo una cuestión de formas: es también de fondo. Falta lectura, falta formación, faltan ideas. Y, en consecuencia, falta clase, tino y protocolo. Todo está conectado.

Por eso no sorprende que aún se evoque, casi como una pieza de museo, aquel discurso de Alan García en la Plaza San Martín tras su regreso, considerado por muchos como uno de los mejores mítines políticos. No fue magia: fue preparación. Fue aprenderse versos de Calderón de la Barca, dominar la escena y entender el poder de la palabra. Argumentos verbales, en el sentido más pleno del término. Hoy, en cambio, el discurso político parece haber renunciado a persuadir para limitarse a agredir.

El problema es que el ciudadano ya no compra ese libreto. Cansado de la estridencia y el artificio, el votante exige algo más simple y más difícil a la vez: propuestas viables que atiendan los problemas reales, como la inseguridad que descompone la vida cotidiana. Lo visto hasta ahora, sin embargo, dista de estar a la altura. Abundan candidatos desorientados, trashumantes, improvisados, sin norte ni peso específico. En ese escenario, la preocupación no es menor. Y la frase final, inevitablemente, suena a ruego: que Dios nos coja confesados.

(Sumilla)

“Falta lectura, falta formación, faltan ideas. Y, en consecuencia, falta clase, tino y protocolo. Todo está conectado”.

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días faltan para los comicios generales.

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