Keiko: La victoria no borra las dudas

En otro lenguaje
Por: Jaime Asián Domínguez

He escuchado alegatos como este: “Está bien que haya ganado la ‘China’ para, de una vez por todas, deshacernos de ella, porque terminará fregándola como presidenta y ahí quedará el chiste”. Bajo esa perspectiva, el que terminará perdiendo será el país -que no está para bromas ni ensayos-, y quienes votaron con ese cometido están jugando con fuego, porque sabe Dios qué nos depara con la hija de Alberto Fujimori en Palacio, quien ha prometido gobernar como lo hizo su progenitor.
Otros, con tono lastimero, dicen en calles y plazas: “Pobrecita la Keiko, ha llegado tres veces a segunda vuelta y a la cuarta tenía que ser la vencida; además, ese Sánchez es lo mismo que Pedro Castillo y lleva como socio al loco Antauro Humala”. Vamos por partes y cucharadas. Nada de pobrecita. En política lo que cuenta es el mérito, y el mismo Fernando Rospigliosi, antes de la metamorfosis fujimorista -casi kafkiana- que ha experimentado, le cantaba sus verdades a la lideresa de Fuerza Popular, al exdictador y al encarcelado Vladimiro Montesinos.
Nosotros no vamos a defender al candidato de Juntos por el Perú y siempre nos hemos ubicado lejos de las tendencias extremistas, como pelearse con la economía mundial, por ejemplo. Pero ¿quién puso a Roberto Sánchez en el balotaje, al igual que al profesor cajamarquino en 2021? Fue ese Perú ignorado por un Estado indolente, ausente y corrupto que ha parido la retahíla de mandatarios coimeros y facinerosos que hoy pernoctan o pasaron por el penal de Barbadillo, precisamente porque traicionaron la confianza depositada en las urnas.
¿Era el momento de enmendar el camino? Sí y con urgencia. ¿Acaso no había otras alternativas? Claro que sí. No olvidemos que tuvimos más de treinta candidatos presidenciales, varios de ellos propositivos, asertivos y con menos anticuchos. Sin embargo, la fotografía volvió a ser la misma de la elección anterior: derecha frente a izquierda; y no la mejor derecha ni tampoco la mejor izquierda. Hay gente que asegura haber ido a sufragar con un gancho de ropa en la nariz, además de desganada y desconfiada del accionar de la ONPE y del Jurado Nacional de Elecciones.

Solo el tiempo dirá si Keiko Fujimori refrendará el estoicismo de candidata empedernida con un gobierno para el pueblo y no para sus partidarios. Bien sabe que, aunque tiene mayoría en el Congreso, en la calle la espera el veredicto más difícil de revertir: el de la decencia.


“Sabe Dios qué nos depara con la hija de Alberto Fujimori en Palacio, quien ha prometido gobernar como lo hizo su progenitor”.

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