Información desde la desinformación

Por: Mercedes Fernández.

Por años he ejercido esta profesión con orgullo. Hoy la asumo también con preocupación. Algo se nos está escapando de las manos, y no es
un asunto menor, es la esencia misma del periodismo. ¿En qué momento la información se convirtió en espectáculo? ¿En qué momento
la rigurosidad fue desplazada por el morbo? ¿En qué momento cualquiera con un micrófono y una cuenta en redes sociales pasó a llamarse
periodista?
Estamos atravesando una peligrosa confusión entre informar y opinar, entre analizar y sentenciar, entre comunicar y difamar. La información se ha vuelto subjetiva, moldeada muchas veces por el temperamento del comunicador y no por la verificación de los hechos. Y cuando
la noticia depende del estado de ánimo o de la ideología de quien la transmite, dejamos de hacer periodismo y empezamos a hacer propaganda.
Hace poco, el país entero lamentó la trágica muerte de la campeona nacional de buceo libre, Lizeth Marzano Noguera, quien fue atropellada en la cuadra ocho de la avenida Camino Real, en San Isidro, cuando realizaba su rutina de entrenamiento. Fue un golpe doloroso para todos los peruanos. Pero el dolor no puede convertirse en rating.
No puede ser que una tragedia humana termine convertida en material de morbo, en repetición incesante de imágenes, en especulación
sin respeto. Informar no es explotar el sufrimiento. Informar es contextualizar, corroborar, respetar. El periodismo no puede competir con el algoritmo; debe competir con la verdad.
Mientras tanto, en pleno proceso electoral, las propuestas han pasado a un quinto plano. ¿Cómo pretendemos emitir un voto responsable si no conocemos los planes de gobierno? Nada sabemos de visión de país, de políticas públicas, de soluciones estructurales. Lo que sí
sabemos son los escándalos, los insultos, los enfrentamientos, los dimes y diretes.
Sabemos quién atacó a quién, quién respondió con ironía, quién se volvió tendencia. Pero no sabemos cómo piensan gobernar.
La competencia tampoco es leal. Hay partidos con recursos millonarios y otros con presupuestos mínimos.
La franja electoral, que debería equilibrar, muchas veces termina favoreciendo intereses. Y si a eso le sumamos
una cobertura superficial, el resultado es un peruano desinformado. Un ciudadano que vota por quien está de moda, por quien tiene más exposición, por quien genera más ruido.
En ese sentido, el espectáculo se ha convertido en estrategia política. Ahí está el ejemplo de Richard Swing,
cuya exposición mediática estuvo marcada por el show y la polémica. Más allá de simpatías o críticas, el mensaje que queda es peligroso, pareciera que, si no haces circo, no existes. La política no puede convertirse en un reality ni la democracia en un escenario de entretenimiento. El país no necesita personajes virales, necesita líderes con propuestas y visión de largo plazo.
Frente a este escenario, conviene recordar un principio esencial, el periodista no es juez ni fiscal. No estamos para sentenciar ni para señalar con el dedo, tampoco para insultar o emplear adjetivos que destruyan reputaciones. Podemos, y debemos, ser firmes; podemos exigir respuestas, confrontar con respeto y demandar transparencia, pero siempre desde la objetividad y la ética. Nuestra labor es narrar los hechos con rigor, verificar la información, contrastar fuentes y ofrecer contexto. La credibilidad es nuestro único capital, y cuando se
pierde, se pierde todo.
Las redes sociales han democratizado la voz, y eso es positivo. Pero libertad de expresión no significa licencia para difamar. No todo
influencer es periodista, aunque tenga miles de seguidores. Y no se trata de desmerecer a nadie, se trata de entender que el periodismo
es una profesión que exige formación, responsabilidad y compromiso con la verdad.
No basta con tener audiencia; hay que tener ética.
Las universidades también tienen una responsabilidad ineludible. No pueden convertirse en fábricas de egresados sin valores sólidos.
No basta con enseñar técnicas de redacción, producción o manejo de cámaras. Se debe formar criterio, conciencia democrática, capacidad
de análisis, responsabilidad social. No podemos seguir lanzando al mercado comunicadores sin brújula moral, porque el daño no es individual, es colectivo.
Y, sin embargo, no todo está perdido. Hay medios que han puesto sus multiplataformas al servicio del país, convocando a jefes de campaña
y responsables de comunicación para promover un debate de propuestas entre los distintos partidos políticos informar con equilibrio. Son pocos, es cierto, pero existen. A ellos, todo mi respeto. Me sorprendió gratamente que Latina Televisión, con la participación de todos sus
jefes de área y poniendo a disposición toda su estructura informativa, fuera el primero en realizar una convocatoria abierta, invitando a
todos por igual sin importar el lugar que ocupen en las encuestas. Esa es una forma auténticamente democrática de ejercer el periodismo, incluso en medio de la presión del rating y el ruido constante de las redes sociales.
Ahora bien, es cierto que el voto tiene un componente emocional. Miramos a los ojos y sentimos confianza o desconfianza. Pero no puede
quedarse únicamente en la emoción. El voto responsable demanda información; demanda conocer propuestas, trayectorias y coherencia; demanda saber quién es quién.
De lo contrario, no elegimos, reaccionamos, y un país que vota desde la reacción termina gobernado por la improvisación. Tengo el privilegio de conocer candidatos preparados, con calidad humana y, sobre todo, honrados, pero que no encuentran espacio fácilmente. ¿Saben por qué? porque no cargan denuncias ni protagonizan escándalos.
Y en un escenario donde el ruido pesa más que la integridad, la decencia no suele convertirse en titular. Hemos perdido terreno,
pero aún podemos recuperar el verdadero valor del periodismo. Ese que corrobora antes de publicar, que informa antes de opinar, que respeta antes de atacar. El periodismo no es una tribuna personal; es un servicio público. Y si queremos una democracia fuerte, necesitamos periodistas que recuerden que su palabra no es un arma, sino una responsabilidad.

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