En otro lenguaje
Por: Jaime Asián Domínguez

Ya no se pueden publicar encuestas, pero las redes sociales se encargan de “vengar” esta restricción del Jurado Nacional de Elecciones. En ese espacio inmediato y muchas veces incontrolable, todos seguimos al tanto de cómo se mueven las fichas, con eventuales sorpresas que circulan entre rumores, filtraciones y lecturas interesadas.
Y aquí viene la primera advertencia a las empresas encuestadoras: cuidado con las cifras que han ofrecido públicamente hasta ayer y con las que, de una u otra forma, se insinuarán después de las cinco de la tarde del próximo domingo 12 de abril.
Como nunca antes, los sondeos de opinión cargan hoy con una desconfianza que rivaliza con la que generan los propios candidatos presidenciales. Y no es casualidad. En un contexto de fragmentación política y hastío ciudadano, la encuesta ha dejado de percibirse como una fotografía técnica para convertirse, a ojos de muchos, en una herramienta de influencia. Por eso, los comicios que se vienen representan una verdadera prueba de fuego para su credibilidad.
Un amplio sector de la población simplemente no cree en las encuestas. Esta sospecha -la sensación de que hay gato encerrado- encontró terreno fértil en el recordado tropiezo de las elecciones del 2021, cuando Pedro Castillo pasó por sus narices y no pudieron verlo o se hicieron las ciegas. Aquello no solo fue un error metodológico; fue, para muchos ciudadanos, una señal de desconexión entre quienes miden la realidad y quienes la viven.
El problema de fondo no es únicamente técnico, sino también ético y narrativo. Una encuesta no es solo un conjunto de datos, es un relato sobre el país posible, una interpretación que influye en decisiones, expectativas y hasta en el voto estratégico. Cuando ese relato falla, la consecuencia no es solo el descrédito de una empresa, sino la erosión de la confianza pública en una herramienta clave para la vida democrática.
El pueblo no olvida. Esta es la segunda advertencia. No vaya a ser que ocurra lo mismo. Si eso pasa, el costo no será menor. Todos los votos de ojeriza caerán sobre esas estadísticas que, en lugar de esclarecer, parecieron jugar con un derecho elemental como es el acceso a información veraz.
Porque no basta con contar votos; también hay que contar bien la realidad. Y cuando esa tarea se traiciona, lo que se pierde no es un número, es la credibilidad, ese capital invisible que, una vez roto, difícilmente se reconstruye. Amén.
—
“…cuando Pedro Castillo pasó por sus narices y no pudieron verlo o se hicieron las ciegas”.