El fenómeno Roberto Sánchez

En otro lenguaje
Por Jaime Asián Domínguez


¿Por qué Roberto Sánchez está a punto de instalarse en la segunda vuelta para disputar la presidencia con Keiko Fujimori? La respuesta no está solo en su campaña, sino en el país que lo empuja. Ese mismo país que en 2021 eligió a Pedro Castillo sigue sintiendo que sus demandas más básicas -seguridad, estabilidad, dignidad- no han sido atendidas. La vacancia del maestro cajamarquino tras el llamado autogolpe no cerró ese ciclo: lo dejó inconcluso. Y cuando un ciclo queda abierto, la política no lo archiva; lo recicla.
Por eso, una parte importante del electorado ha vuelto a recostar sus expectativas en la izquierda que hoy encarna Juntos por el Perú, con el respaldo -explícito o simbólico- del expresidente recluido en Barbadillo. Más que un candidato, lo que se posiciona es una narrativa: la de la deuda histórica con los sectores populares.
Ahora bien, Roberto Sánchez no está ahí solo por inercia social. Tiene méritos propios. Superar a Rafael ‘Porky’ López Aliaga y a toda su maquinaria mediática no es menor. Ha sido una carrera cuesta arriba, marcada por ataques y resistencias, pero también por una persistencia política que empieza a rendir frutos. Aun así, conviene no perder de vista que la locomotora de esta nueva irrupción de la izquierda sigue siendo el “prosor”, cuya influencia alcanza incluso la configuración del nuevo Congreso bicameral, donde según resultados preliminares han logrado entrar figuras de su entorno más cercano.
Pero si Sánchez quiere algo más que llegar, si realmente aspira a endilgarle a Keiko Fujimori una cuarta derrota consecutiva, necesita dar un salto cualitativo. El primer paso es ordenar su propia casa. Voces como la de Antauro Humala, más que sumar, descolocan, representan una radicalidad que ni siquiera dentro de la izquierda logra articular mayorías. Lo mismo ocurre con figuras como Iber Maraví. En política, no basta con tener aliados; hay que saber administrarlos.
El segundo paso, quizá el más importante, es afinar el discurso. Y afinarlo no significa radicalizarlo, sino priorizar. Hoy, la gente no está pensando en la Constitución: está pensando en cómo llegar a casa sin ser asaltada. La inseguridad y el crimen organizado son el lenguaje cotidiano del miedo. Ignorar eso es hablarle a un país que no existe.
También hay que entender que la estabilidad económica, aunque no siempre se traduzca en bienestar directo, sí genera certezas. Propuestas como remover a Julio Velarde del BCR no solo generan ruido técnico, generan desconfianza emocional. En un país donde la incertidumbre es regla, cualquier señal de desorden se castiga.
Y, por supuesto, Sánchez deberá hacer lo que todo candidato en segunda vuelta necesita: definir con claridad a su adversario. Keiko Fujimori no es una rival desconocida; sus flancos débiles están a la vista. La tarea será convertirlos en sentido común para el electorado. Instalar una pregunta simple, pero potente: ¿cómo alguien que no ha construido una trayectoria laboral propia puede representar a millones de peruanos que sobreviven del esfuerzo diario?

Al final, esta elección no se definirá solo entre izquierda y derecha, ni entre pasado y futuro. Se definirá entre quién logra interpretar mejor el malestar acumulado de un país que no ha encontrado respuestas. Y en ese terreno, el que conecte con la experiencia real de la gente tendrá la última palabra.


Y, por supuesto, Sánchez deberá hacer lo que todo candidato en segunda vuelta necesita: definir con claridad a su adversario”.

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