En otro lenguaje
Por: Jaime Asián Domínguez

Parece que todo está consumado y, finalmente, Keiko Fujimori se instalará a sus anchas en Palacio de Gobierno, luego de tres fracasos consecutivos. ¿Ganó sin fraude? Todo indica que sí. ¿Fue la mejor opción electoral? De lejos, no y no. ¿El izquierdoso Roberto Sánchez lo era? A leguas, tampoco. Conclusión químicamente pura: el Perú tiene una tendencia hacia la autolesión, casi suicida, si además sumamos el desfile de presidentes impresentables que hemos tenido en las últimas décadas.
Provoca achacarles a quienes apostaron por la candidata de Fuerza Popular: “Después no se quejen, ¡friéguense!”, pero estamos hablando de nuestro país y, tras dejar por sentado que Fujimori carga muchos deméritos para la Presidencia de la República, hacemos votos para que nos tape la boca y, al menos, cumpla el 10% de lo que ha prometido, empezando por el ORDEN en las calles -la derogación de las leyes procrimen resulta urgente- y la priorización del sistema de salud pública, que es una desgracia total.
Y suponemos que aquella prensa que también se jugó con todo por la hija del exdictador Alberto Fujimori, resaltando con descarada evidencia los supuestos peligros de la llegada del postulante de Juntos por el Perú al poder, mute hacia la imparcialidad y exija el cumplimiento del plan de gobierno naranja, porque la audiencia la tiene bien identificada y la hará corresponsable si Keiko no está a la altura del cargo o emula las mañas de su padre. Si las Unidades de Investigación se visten de color naranja y no hay más destapes contra la maldita corrupción en el Estado, la batalla estará perdida.
La pregunta que quedó flotando en el aire es: ¿por qué ganó Keiko Fujimori? Porque la derecha construyó un bloque pétreo para blindarla; porque las tres campañas anteriores le dieron rodaje para reducir el antivoto; porque muchos jóvenes no terminaron de conocerla -a pesar de las narrativas históricas que corren en las redes sociales-; porque la polarización jugó a su favor; porque los otros candidatos fueron malísimos y faltos de rollo (‘Porky’, por ejemplo); y porque así es esta tierra bendita que nos vio nacer: impredecible, muchas veces errática, dada al golpe. Pero también, qué duda cabe, es más grande que sus problemas.
Como diría el exministro fujimorista Juan Carlos Hurtado Miller, tras el ‘Fujishock’: ¡Que Dios nos ayude!
“Conclusión químicamente pura: el Perú tiene una tendencia hacia la autolesión, casi suicida, si además sumamos el desfile de presidentes impresentables que hemos tenido”.